Conversaciones con mujeres en Velos Arabes en Malasia
Por: Carola C. Reuben
Hannah de Arabia Saudita estaba de vacaciones con su marido, Abdul Azziz, y la recién casada estaba disfrutando sus vacaciones en parte porque no tenía que tapar su cara. En Malasia no estaba obligada a usar una birqa completa, o sea cubrir todo el cuerpo y la cara.
Nuestra comunicación estaba filtrada a través del inglés limitado de su marido y mi minúsculo vocabulario en arabe. Mientras viajabamos en un barco arriba del Mar Andaman desde Penang hasta Langkawi, pregunté a Hannah cómo se siente cuando tiene que cubrirse en una birqa cuando está en su propia ciudad, Mecca.
En broma, Abdul contestó así, supuestamente imitando a su esposa: El dió una palmada en su propia frente, después levantó los brazos hacia el techo, y mirando al cielo, lamentó, “Ma’ambahsen.” ( Ya no lo aguanto.)
Hannah, 23, es universitaria. Le pregunté: “Qué va a hacer después de la universidad ?” “Ella va a la cocina,” dijo Abdul, 28, un físico. Pero en el año 2014 Abdul tiene intenciones de dejarla salir de la cocina. El quiere llevarla a Brasil para la Copa Mundial de fútbol, “Insh’allah” (si Dios permite.)
Hannah tendrá un “nuevo look” en Brasil, dijo. “Ella va a tener bikini y cabello amarillo.” Me imaginé que el conoció por la internet el cabello claro y los bikinis. Pregunté, “internet mo haraam (no está prohibido) en su país?” “Mo haraam,” dijo Abdul.
El marido de Hannah hace chistes sobre vestirla de bikini y la permite enseñar su cara en Malasia, donde las malasianas musulmanes no cubren sus caras ni sus cuerpos con ropas negras. Sin embargo, por todos lados en Langkawi, las figuras cubiertas de negro de las turistas árabes salían del panorama verde y florida de la isla tropical. Hombres acompañaban las mujeres; las mujeres de Arabia Saudita están legalmente bajo el custodio de un hombre, normalmente el padre o el esposo.
Con sus hombres, las mujeres caminan en las playas con sus vestidos largos y sueltos, enseñando solamente los ojos y las manos, o permanecen sentadas al lado de las piscinas de los hoteles de lujo, vestidas en sus ropas gruesas mientras sus hombres jugaban en el agua en sus trajes de baño. Se les puede ver en el Starbucks de la estación de las balsas, tomando café sin enseñar sus caras. Meten las tazas de café abajo de las telas que cubren sus bocas.
En las balsas, los hombres de Arabia Saudita vestidos en shorts y playeras pedían que uno les tome sus fotos con sus esposas. Me imaginé que la única manera de identificar a una mujer en birqa sería por reconocer el hombre al lado de ella.
En una balsa, conocí a Saber Mohammed, un policia, también de Mecca, la ciudad más santa para los musulmanes. Saber estaba viajando con dos mujeres en birqa. Me imaginé que eran sus esposas; en Arabia Saudita a los hombres se les permite tener hasta cuatro esposas. Sin embargo, él me dijo que una era su esposa; la otra, su madre.
Cuando le pregunté cómo aprendió a hablar algo de inglés, el me dijo “de la TV en inglés.“ Él afirmó que no es haraam (prohibido) ver la TV en inglés, pero agregó, “solamente no puedo ver sexo.“
Luego, una mujer escondida atrás de una birqa me pidió en su inglés perfecto si puedo tomar su foto con su marido. Cuando yo le pregunté como aprendió a hablar su inglés impecable, ella me dijo que se graduó en la literatura inglesa. Agregó, “estoy muy interesada en el teatro, pero en mi país, no se permite la actuación de las actrices que no están en birqa, pero los tiempos están cambiando.”
Yo le dije que estoy sorprendida por su conocimiento del idioma inglés, de la literatura inglesa, y del teatro anglosajón. “Por qué?” enfatizó ella. “Es por la internet y la globalización.”
Yo tenía mucho más que preguntar a la mujer escondida atrás de un velo, pero el barco llegó a su destino. Su hombre la llevó a la tierra firme, donde ellos se alejaron, y por último, ella era apenas una figura más, sin forma y tapada de negro.
Copyright, 2010, Carola C. Reuben, Earthy Reporte
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